To-pa-tí

15:34 / Comments (6) / by retinorama

Te acuerdas de mi, y no solo a ratos, porque mi recuerdo también se empeñó en andar a tus pies, en aparecer en los trenes y en trucarte las radios. Te acuerdas de mi, y no solo a ratos, y hubieras querido contarme qué canción te emocionaba más de in rainbows, y yo te hubiera dicho que videotape, y me habrias mirado igual que aquel día que te grabé the scientist y supimos que esa era la canción con la que los dos nos habíamos echado de menos. Y yo te hubiera mirado en silencio como quien mira a un espejo, de tanto que sentía que te conocía.

Te acuerdas de mi y no solo a ratos. Y no solo porque a estas alturas y después de tanto tiempo, habrás ido y habrás vuelto de todo aquello que te quedaba por vivir, de todas aquellas cosas en las que yo tenia la cabida justa, las horas justas, el tiempo justo para que no sintieras que perdías el control. Sobre tus sentimientos, sobre tu corazón, sobre tu cabeza. Te acuerdas de mi, y por eso sé que también recuerdas el tamaño exacto de cuerpo, el movimiento de mis labios al decirte que era muy posible que no volviéramos a vernos nunca más, el tacto de mis clavículas mientras me tocabas los huesos con las manos y me mirabas sin decirme que no me fuera.

Por todo eso, y mucho más, sé que me recuerdas. Sé que me nostalgias. Así que lo de menos es la excusa, lo de menos es la música, y que ese grupo que creo conociste gracias a mi y que te gustó tanto venga de gira, y que sientas la necesidad de decírmelo, a sabiendas de lo poco probable que es que yo no me haya enterado, que ya tenga las entradas, y que ojalá venga mi hermano, y que ojalá toquen bliss, o space demantia, o cualquiera de las demás. Quizá por fin ahora, ahora que ya has ido y ya has vuelto, hayas entendido porqué te dediqué aquella canción.

Por todo eso se que me recuerdas. Se que me nostalgias. Se que sabias que ibas a hacerlo, y que ahora, después de haber ido y de haber vuelto, te has dado cuenta de repente de que te has hecho un poco más viejo, de que has andado mucho pero no has avanzado nada y de que en realidad, echas mucho de menos a aquella morena bajita que te volvía loco y a la que no podías controlar y piensas en ella más de lo que deberías. Y casi puedo imaginarte dudando y dudando si pulsar o no el botón enviar, preguntándote si seguiré interpretando tus señales o habré olvidado ya tu idioma.

Así que ahora por fin, sé que nostalgias y que algún día, quien sabe cuando, vendrás a reclamarme tu nostalgia. Y como no he querido perder el tiempo, me he puesto a prepararla, para devolvertela, enterita, cuidada, peinada y perfumada, bien educada, modosa y formal.

Para que la guardes tú, y para que te dure mucho tiempo, que yo ya la he tenido suficiente.

Se acabó la rabia.

4:12 / Comments (0) / by retinorama

Aunque la pierna del hombre apenas se movía, Fido, debajo de la mesa, apreciaba grandemente esa caricia en los alrededores del hocico. Esto era casi tan agradable como recoger pedacitos de carne asada directamente de las manos del amo. Hacía ya dos años que, en contra de su vocación y de su contextura (patas gruesas y firmes, cogote robusto, orejas afiladas), Fido se había convertido en un perro de apartamento, condición que parecía avenirse mejor con los cuzcos afeminados, histéricos y meones, que desprestigiaban el segundo piso.

Fido no pertenecía a una raza definida, pero era un animal disciplinado, consciente, que por lo general aplazaba sus necesidades hasta el mediodía, hora en que lo sacaban a la vereda para que afectuara su revista de árboles. Sabía, además, cómo aguantarse en dos patas hasta recibir la orden de descanso, traer el diario en la boca todas las mañanas, emitir un ladrido barítono cuando sonaba el timbre y servir de felpudo a su dueño y señor cuando éste volvía del trabajo. Pasaba la mayor parte del día echado en un rincón del comedor o sobre las baldosas del cuarto de baño, durmiendo o simplemente contemplando el verde sedante de la bañera.

Por lo general, no molestaba. Cierto que no sentía un afecto especial hacia la mujer, mas como era ella quien se preocupaba de prepararle el sustento y de renovarle el agua, Fido hipócritamente le lamía las manos alguna vez al día, a fin de no perturbar servicios tan vitales. Su preferido era, naturalmente, el hombre, y cuando éste, después de almorzar, acariciaba la nuca o la cintura o los senos de la mujer, el perro se agitaba, celoso y receloso, en el rincón más sombrío del comedor.

Los grandes momentos del día eran, sin duda: las dos comidas, el paseo diurético por la vereda, y especialmente, este solaz después de la cena, cuando el hombre y la mujer charlaban, distraídos, y él sentía junto al hocico el roce afectuoso de los pantalones de franela.

Pero esta noche Fido estaba extrañamente inquieto. El golpeteo de la cola no era, como en otras sobremesas, una señal de mimo y reconocimiento, una treta habitual de perro viejo. En esta noche el pasado inmediato pesaba sobre él. Una serie de imágenes, bastante recientes, se habían acumulado en sus ojitos llorosos y experimentados. En primer término: el Otro. Sí, una tarde en que estaba solo en el apartamento, durmiendo su siesta frente a la bañera, la mujer llegó acompañada del Otro. Fido había ladrado sin timidez, se había comportado como un profeta. El tipo lo había llamado repetidas veces en un falsete cariñoso, pero a él no le gustaban ni aquellos cortantes pantalones negros ni el antipático olor del hombre. Dos o tres veces pudo dominarse y se acercó husmeando, pero al final se había retirado a su rincón del comedor, donde el olor de la frutera era más fuerte que el del intruso.

Esa vez la mujer sólo había hablado con el Otro, aunque se había reído como nunca. Pero otro día en que ella estaba sola con Fido y apareció el tipo, se habían tomado de las manos y terminaron abrazándose. Después, aquella cara redonda, con bigote negro y ojos saltones, apareció cáda vez con más frecuencia. Nunca pasaban al dormitorio, pero en el sofá hacían cosas que le traían a Fido violentas nostalgias de las perritas de cierta chacra en que transcurriera su cachorrez.

Una tarde —quién sabe por qué— volvieron a notar su presencia. Desde el comienzo, Fido había comprendido que no debía acercarse, que los ladridos proféticos del primer día no podían repetirse. Por su propio bien, por la continuidad de los servicios vitales, por el ansiado paseo a la vereda. No lamía la mano de nadie, pero tampoco molestaba. Y, sin embargo, ellos habían advertido su presencia. En realidad, fue la mujer, y era natural, porque con el tipo no tenía nada en común. Acaso ella tuvo especial conciencia de que el perro existía, de que estaba presente, de que era un testigo, el único. Fido no tenía nada que reprocharle, mejor dicho, no sabía que tenía algo para reprocharle pero estaba allí, en el baño o en el comedor, mirando.

Y bajo esa mirada húmeda, lagañosa, la mujer acabó por sentirse inquieta y no tardó en ser atrapada por un odio violento, insoportable.

Naturalmente, poco de esto había llegado a Fido. Pero una cosa lo alcanzaba y era el rencor con que se le trataba, la desusada rabia con que se admitía su obligada vecindad.

Y ahora que recibía la diaria cuota de afecto, ahora que sentía junto al hocico el roce y el olor preferidos, se sabía protegido y seguro. Pero, ¿y después? Su problema era un recuerdo, el más cercano. Hacía un día, dos, tres -un perro no rotula el pasado- el tipo había tenido que irse con apuro (¿por qué?) y había dejado olvidada la cigarrera, una cosa linda, dorada, muy dura, sobre la mesita del living.

La mujer la había guardado, también con apuro (¿por qué?) bajo una cortina de la despensa. Y allí, no bien estuvo solo, fue a olfatearla Fido. Aquello tenía el olor desagradable del tipo, pero era dura, metálica, brillante, una cosa cómoda de lamer, de empujar, de hacer sonar contra las tablas del piso.

La pierna del hombre no se movió más. Fido entendió que por hoy la fiesta había concluido. Perezosamente fue estirando las patas y se levantó. Lamió todavía un pedacito de tobillo que estaba al descubierto, entre el calcetín raído y el pantalón. Después se fue sin gruñir ni ladrar, con paso lento y reumático, a su rincón tranquilo.

Pero sucedió entonces algo inesperado. La mujer entró al dormitorio y regresó en seguida. Ella y el hombre hablaron, al principio relativamente calmos, después a los gritos. De pronto la mujer se calló, descolgó el saco de la percha, se lo puso a los tirones y —sin que el hombre hiciera ningún ademán para impedirlo— salió a la calle, dando un portazo tan violento que el perro no tuvo más remedio que ladrar.

El hombre quedó nervioso, concentrado. A Fido se le ocurrió que éste era el momento. Nada de venganza; en realidad, no sabía qué era. Pero el instinto le indicaba que éste era el momento.

El hombre estaba tan ensimismado, que no advirtió en seguida que el perro le tiraba de los pantalones. Fido tuvo que recurrir a tres cortos ladridos. Su intención era clara y el hombre, después de vacilar, lo siguió con desgano. No fue muy lejos. Hasta la despensa. Cuando el perro apartó la cortina, el hombre sólo atinó a retroceder, después se agachó y recogió la cigarrera.

En realidad, Fido no esperaba nada. Para él, su hallazgo no tenía demasiada importancia. De modo que cuando el hombre dio aquel bárbaro puñetazo contra la pared y se puso a gritar y a llorar como un cuzco del segundo piso, no pudo menos que, también él, retroceder asustado ante la conmoción que provocara. Se quedó silencioso, pegado al marco de la puerta, y desde allí observó cómo el hombre, con los dientes apretados, gritaba y gemía. Entonces decidió acercarse y lamerlo con ternura, como era su deber.

El hombre levantó la cabeza y vio aquel rabo movedizo, aquel cargoso que venía a compadecerlo, aquel testigo. Todavía Fido jadeó satisfecho, mostrando la lengua húmeda y oscura. Después se acabó.
Era viejo, era fiel, era confiado. Tres pobres razones que le impidieron asombrarse cuando el puntapié le reventó el hocico.
Mario Benedetti, Montevideanos. 1959

El dia que murió Benedetti.

5:36 / Comments (2) / by retinorama

Desde hace mucho ya se que nunca podré olvidarme del 18 de mayo. No solo porque de aqui a cinco dias yo vine al mundo hace 32 años, ni solo porque mis fantasmas no quieran olvidar esa misma fecha, aunque nada me empuje, aunque nada me aliente a celebrarlo, ni siquiera porque las viejas heridas, que se cierran por mucho que uno quiera pensar que no cuando están abiertas, se dejen asomar en forma de latido antiguo y desfasado.

Desde aquel 18 de mayo, decidí encontrar cualquier motivo, por pequeño, nimio, absurdo, pueril, insignificante que fuera, que me hiciera no asociar, que me hiciera romper los recuerdos empeñados a agarrarse al 1, a encariñarse con el 8 y el 5, y casi, casi lo conseguia, pero algo, siempre, un sueño, una noticia en el diario, el nombre de una calle, algún músico alemán, me traia de vuelta los recuerdos. Hasta que comprendí que a los recuerdos les gusta borrarse solos y me resigné a guardarlos hasta que quisieran marcharse.

Por tanto, hoy me levantaba a sabiendas del calendario, agradecida por el sol y por el lunes bonito, y ni siquiera esperaba encontrar algun motivo con el que distraer a los recuerdos amarrados a ese 1, a ese 8, a ese 5. Y sin embargo, ha sucedido. Este dia ya no será más el tuyo, ni será más el mio, ni nunca jamás será ya el nuestro. Somos demasiado insignificantes para que la historia nos guarde.

Asi que a partir de ahora y esta vez, para siempre, ya sé que nunca podré olvidarme del 18 de Mayo. Porque será siempre el dia que murió Benedetti. Creo que se lo merece. Creo que le amé más a él de lo que te quise a tí. Y desde luego, a él si que nunca podré olvidarle.

Angels Begins

11:37 / Comments (2) / by retinorama

Es algo parecido a desmayarse. Una modorra irresistible, un abandono voluntario de las fuerzas. Es convocar la inactividad, convocar la propia ausencia. Quiza hiciera mal en llamarlo huelga, y lo hubiera debido denominar tregua, pero eso no importa, porque como te decia anoche, definir acota, y todo lo que tiene limites no me funciona demasiado bien. Prefiero pensar que estoy contigo porque no lo razono, porque si razonara, echaría a correr de puro pánico. Y es que tu no sabes lo rápidas que pueden ser mis piernas. Mucho más incluso que mi corazón.

 Ojalá pudiera darte una causa, una explicación a todo aquello, y supongo que podria, como te dije, darte varias. Lo ideal seria que leyeras todo esto. Pero eso supondria recordar esa forma de mirar el mundo, y eso me hizo daño. Creo que he hablado y escrito todo de ese dolor, y por eso, ahora, demasiado curiosa, demasiado extrañada, demasiado suspicaz como para dejar de observarte como quien disecciona un insecto –tus patas, tus alas, las fotos con las que reflejas tu manera de mirar el mundo, anoche mientras me daba un ataque de risa tumbada encima de ti y mi propia risa provocaba la tuya, esa sonrisa, tu manera guasona de mirarme- no quiero volver a todo aquello, a todo el tiempo que ha pasado desde la primera vez que se me fundieron los plomos, a los 23 años, a esta ultima, cinco años después. Creo que incluso me asusta que algo asi pueda sucederme, que de repente, haya podido sentirme tan ajena de mi misma, y perder toda noción de unidireccionalidad, de unidad, de autonomia, de seguridad en mi misma como la perdi entonces. Todo eso me parece ahora. Me asusta recordarme asi. Creo que no podria volver nunca a aquel estado.


Lo que quiero decir es que ni soy una ni soy dos. Que desde un tiempo a esta parte, me cuesta verme unica. Que llegué a creer que yo era un personaje, porque de esa manera habia vivido, porque de esa manera se me antojaba todo, yo en un teatro, con espectadores, representandome a mi misma en un escenario real a tiempo real, en mi vida real, o al menos, lo que yo creia que era real. Que era lo que veia, lo que sentia, con los que hablaba, el trabajo, la gente que me rodeaba. Llegué a perder todo rastro de emocionalidad, y ostentaba mis emociones como algo blando y familiar, algo cálido pero lejano, muy lejano, porque esa era la unica manera de que yo me sintiera un poco mejor, sin tener en cuenta a nadie más que a mi misma y a los que quiero mucho.


Hasta aquella noche. Hasta aquel abrazo en el que me quedé dormida, como si hubiera llegado a algun lugar. Hasta aquel abrazo en el que te quedaste dormido, como si hubieras llegado a algun lugar. Hasta que tus labios y los mios se pusieran a contarse historias.


Ojala pudiera darte más respuestas. Ojalá pudiera confiar en mis sentimientos. Ojalá pudiera saber, a ciencia cierta, si puedo utilizar los mismos adjetivos que utilicé antes para decirte lo que siento por ti. No lo sé. Y ninguna definición viene en mi ayuda. Ninguna defición me vale. Porque no quiero acotar nada de esto. No quiero decirte que te quiero cuando no me fio de que eso signifique con fidelidad lo que siento por ti. No sé si te quiero, si todo esto, el querer estar contigo, el que tus cosas no me miren como una manada de lobos enseñándome los colmillos, porque no es raro que te extrañe no encontrar una camiseta de tio en mi ropa, es lo que pensé, porque recordé que yo nunca jamás habia dejado a nadie que ninguno de sus rastros me recordaran mi presencia en mi casa, donde solo cabian mis cosas. No se si el hecho de no haber sentido ni una sola vez que me sobraba tu presencia, a mi, que me sobra hasta la mia en algunos ratos.


No sé si pensar, y pensar tanto me ha servido de mucho, y se que definir las cosas es eso, definirlas, darles un significado. Yo no necesito significado. A mi me basta con saber si los dos compartimos el mismo. Y nada de lo que siento por ti por ahora me dice que no. Entonces, no quiero pensar. No quiero levantar las armas. No quiero sentir que puedo llegar a tener que defenderme. No quiero volver a mirarme tan triste. Supongo que por mucho que me cueste, no quiero que me hagan daño. No quiero hacerme daño yo. Y eso, volviendo al tema de la huelga, fue la causa de ellas. Cuando eres incapaz de dañar a alguien, lo más fácil es dañarte a ti mismo y convertirte en una especie de mariotena vestida de mártir. Me cuesta empezar a fiarme... a fiarme de esta bonanza...que uno siempre es mejor cuando elige libremente cada momento de su vida y yo he elegido quedarme en tus brazos, que tu hayas querido quedarte en los mios, por el tiempo que nos haga falta...


No, no quiero pensar. Por tanto no puedo hablar, y si soy sincera, hasta me recelo al escribirlo. Reflejarlo. Como si me diera miedo dejar rastro de esta nueva suerte. Hasta ahora, la primeva vez que escribo algo como esto a alguien como tú.



-... entonces quizás no hagas las preguntas adecuadas.


- Esto es muy fácil de decir...


- Y más dificil de hacer....

Like a fork in a world of soup (Liam dixit).

11:29 / Comments (2) / by retinorama

No me interesa. Ni tus males, ni tus remedios, no, no me interesa. Es que ya me he cansado de escucharte. Por eso supongo me notas tan fria ultimamente y estas más distante. De repente, no se me ocurre nada que decirte. Y es que ya me he cansado de tus quejas, de que siempre tengas más motivos para quejarte que yo, que cualquiera, que el mundo entero.
De escuchar siempre al final de cada comentario amable con el que intento levantar tu pésimo estado de ánimo, la misma, exacta, calcada retaíla de quejas: me encuentro mal, mi jefe es un borde, los clientes son imbéciles, me duele la espalda, no he podido dormir, claro que yo no puedo ponerme esos trapitos con esta barriga, con este culo, con este pelo, con... con esta actitud negativa hacia la vida. De que nunca te plantees objetivos para cambiarla que sean razonables y alcanzables, ni que nunca hagas nada diferente, que no tengas ni una pizca de inquietud. Nunca, nunca, nunca he podido entender a la gente que se queja de chorradas que nos afectan a todos y que no tiene ningun motivo serio para quejarse, que se queja por puro aburrimiento. Para qué aburrirnos unos a otros con los mismos o parecidos problemas? Todos los tenemos. A mi no me apetece hablar de ellos. Y como casi nunca ya pregunto, casi nunca ya me cuentas.
Luego lo pienso, y me enternece, o mejor dicho, me entristece. Y pienso que nunca es tarde para cambiar de mirada. Y vuelvo a intentarlo. Intento volver a pensar que no lo se todo sobre tí y que existe la posibilidad de que intentes ser feliz. Y te animo a comprate ropa, a hacer un curso de informática, de danza del vientre o de inglés, a apuntarte a bolillos, a hacer el pino puente. Pero no. Es pura desidia. Desidia y aburrimiento. Entonces te miro... y desde muy muy dentro, mi indeseable y eterno inconformismo, mi nerviosismo, mi malsana impacencia, todas ellas se unen en una voz, y ya no te escucho, me abduzco a mi misma, y solo escucho: no quiero ser como tú, no quiero ser como tú, no quiero ser como tú.
Cuando vuelvo en mí, tú sigues hablando de lo mal que te queda la ropa. De que no tienes tiempo para cursos. De que eres torpe y poco flexible, y que por tanto, tampoco te vas a apuntar a un gimnasio.
Por eso me jode que en ese escaso y precioso tiempo que puedo encontrar para mi misma, destinado hoy a guardar la ropa de invierno y sacar la de verano, poner buena musica e ir haciendo mientras me pruebo todo lo que encuentro y bailo y me bebo una cerveza y hago el tonto delante del espejo y ignoro el dolor de mi hombro que carga unos seis kilos de maletin durante todas las horas del dia y me hago la sorda al dolor de mis pies despues de patearme entera la ciudad.
Y es que es eso, que ya me he cansado.  Y voy poniendo cuidado, porque las quejas en vez de disolverse a fuerza de ignorarlas, se acumulan... y me las sé de memoria. No hay nada que me impaciente más que hablar con alguien del cual he escuchado ya todas sus respuestas. Porque no cambian, siempre son las mismas.
Y es que es eso, ya te digo... me he cansado de escucharte. Pero no quiero cansarme de pensar que algun dia tienes, puedes, debes cambiar de vida, o mejor dicho, de actitud. Asi que cuando suene el teléfono, pulsaré aceptar y luego el manos libres, para dejar que vuelques toda tu negatividad en un hilo telefónico sin que sepas que no te estoy escuchando, o almenos, siguiendo. Que bastante mala eres para buscarte compañia para encima perder la poca que tienes.

Points of view.

4:43 / Comments (4) / by retinorama

- Sabes quien ha muerto?
- No.
- Te acuerdas de Isabel, la prima de Sonia y Mari?
- Mmm... sé que la conozco, pero no recuerdo su cara ahora...
- Claro, la trataste poco. Pues su marido.
- Si?
- Vaya... estaban cenando en su casa, se levantó, fue al baño y al ver que no salia, tiraron la puerta abajo y pam, allí se quedó: un ataque al corazón.
- Ostras. Y qué edad tenia?
- 34.
- Bufff... ya empezamos a caer....
- Vaya.
- Pues tendremos que cuidarnos más, tia, que los cuarenta están ahí, ahí, aunque no los queramos ni mirar... voy a dejar de fumar...
- Qué dices! Lo que hay que hacer es vivir la vida y dejarnos de mandangas...

La más guapa de la clase

8:54 / Comments (2) / by retinorama

Era la más guapa de la clase, pero yo nunca supe su nombre. Alta, rubia y delgada, tenia una melena impresionante, larga, lisa que caía como una cortina de seda dorada sobre su cara provocado por un imperceptible golpe de cuello que ejecutaba con la rapidez y limpieza de un perro amaestrado. Se decía que era una estirada, porque caminaba como una modelo, una pija, porque llevaba un bolso con dos doradas e inmensas ces contrapuestas , y una creída de mucho cuidado, porque se contoneaba magistralmente dentro de unos levi’s que se ceñían como guantes a sus caderas y que ni siquiera tuvo que arreglar al comprarlos para no írselos pisando con dos tacones que solo ella podía calzarse. También, que no era muy lista, porque iba aprobando de ajusteo y que, claro, se aprovechaba de su físico para ir a las revisiones y camelarse a los profes.

Eso nunca lo creí, primero, porque dudaba mucho de que sacara ventaja de estar buena en una facultad donde el 95% del alumnado y un 80% de profesorado éramos mujeres, y segundo, porque no dudaba nada de la capacidad de saña que se da entre mujeres cuando se ven a otras como rival y no como personas, que es lo que a fin de cuentas acabamos siendo. La Barbie paseaba su metro ochentaymuchos por los pasillos casi siempre sola, sosteniendo una carpeta forrada con fotos de bebés, y de tanto en tanto, acompañada de otra chica casi igual de alta y, aquella si, rotundamente pija y rematadamente tonta, de la cual tampoco nunca supe nombre ni apellidos y a la que siempre me referí como “la lametón de vaca”, porque se peinaba con un imposible flequillo cardado hacia atrás, mote que resultó del agrado de la gente y que acabó imponiéndose a “la osea.sabes”, que quedó segundo en el concurso de aquel año.

Yo nunca le dediqué demasiada atención; la veía poco y nunca coincidí con ella en alguna mesa ni en ningún café, y por eso, ni siquiera me di cuenta de que había venido al viaje de fin de curso con el que poníamos fin a 5 años de carrera, circa Febrero del 99, situ en los carnavales de Tenerife. En mi habitación, disfrazábamos a Alfredo con mi vestido negro de licra y una peluca negra de cabaret; era, si mal no recuerdo, la noche de las viudas, donde las mujeres no se disfrazan y los hombres lo hacen de viudas, o en su defecto, de furcias, que es como la mayoría de hombres que lo son o se tienen se disfrazan cuando lo hacen de mujer. Y fue al salir de allí cuando me di cuenta de que me había quedado sola.
-Hola…-me dijo.
-Ay, hola…-me sobresalté. Y fue la primera vez que me pregunté su nombre. Luego, por decir algo, le dije-… te has cortado el pelo, verdad?
-Si…-respondió, acariciándose una media melena corta, castaña oscura e impecablemente peinada- es que mi novio es estilista, sabes?, de modelos y me ha dicho que mejor asi, más discretita…
- Ah… pues te queda muy bien – afirmé mientras me preguntaba donde se había metido la gente.
-No sé… mejor que rubia, no?
-Bueno…- la verdad, es que rubia estaba imponente, de ese tipo de chicas altas, rubias, con un buen cuerpo tan igual a otras tantas chicas altas, rubias, con un buen cuerpo que hacia difícil distinguirla y mas difícil recordarla.
- Es que… creo que morena llamo menos la atención.
-Y eso te preocupa?
-No, no es por eso… es que a veces la gente no se me acerca porque te ven así, alta, rubia, guapa –pendante o sincera, pensé yo?- y cree que eres distinta, o que…
-Mujer, creo que no te puedes quejar. Tu eres una chica muy guapa, todos lo dicen.
- Si… pero la gente no se me acerca, siempre soy yo la que lo hace, no sé, no es tan fácil… las tías temen que les quites el novio y los tíos que soy como llevar un llavero de ferrari andante. Y las personas que valen la pena, los que valen la pena no se te acercan, porque creen que no te pueden merecer, entiendes? Ni lo intentan. Solo… te miran. Te miran, pero al final, nunca acaban viniendo.



La belleza da miedo, eso fue lo segundo que pensé, y casi lo formulé en voz alta como si fuera un descubrimiento, que la belleza da miedo si la miras de cerca, pero me callé, mientras la veía beber su cola light con la elegancia de un gato persa, y entonces pensé, y era lo tercero que pensaba de ella, que la veía guapa, no sé si bella, pero si muy guapa, pero también que era una chica triste que parecía sentirse muy sola. Por eso, y para no decirle que su belleza me parecía triste, le dije:

-Morena estás mejor. Más interesante… es un cambio brusco, pero luego te acostumbrarás, ya verás.
-Si… de morena, como tú… Tú también tienes un pelo muy bonito… brillante, brillante…-me susurró, mientras se inclinaba hacia delante con sus dos ojos castaños igual de brillantes y me sujetaba con mucho cuidado un mechón suelto detrás de la oreja, para acabar dejando caer su mano y acariciarme dulcemente la mejilla durante uno, dos, tres, cuatro segundos más de los necesarios, que pasaron leves, casi de puntillas, casi diría que no pasaron de lo silencioso que lo hicieron, para acabar desvaneciéndose en el aire, en su suspiro y en el batir de cientos y cientos de mariposas.

Aquella noche no la vi más, ni la volví a tener cerca en los pocos días que quedaban de viaje. Volví a verla al llegar a la terminal, abrazada a un ramo de rosas rojas que su novio, un tipo moreno, alto, guapo e imponente, le alargaba mientras todos los presentes les miraban y envidiaban, eso si, siempre desde lejos.